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Zorro

Isabel Allende
Querido, Amsterdam,
translation: Margaret Sayers Peden

originally appeared as:
El Zorro: Comienza su destino
2004,



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the ledge - flash version*

*
English

ZORRO — ISABEL ALLENDE

Padre Mendoza rolled up the sleeves of his blood-soaked cassock and set about restoring his mission to normal, unaware that he had lost an ear and that the blood was not his enemies’ but his own. He totaled up the mission’s minimal losses and sent two prayers up to heaven, giving thanks for their triumph but also asking forgiveness for having lost all trace of Christian compassion in the heat of the battle. Two of his soldiers had suffered minor wounds, and an arrow had pierced the arm of one of the missionaries. They had one death to mourn, that of a fifteen-year-old Indian girl who had helped load the weapons. She had fallen faceup, her clubbed skull cracked open, her large, dark eyes wide with surprise. While Padre Mendoza was organizing his band to put out the fires, bind up the wounded, and bury the dead, Captain Alejandro de la Vega, with another sword in hand, was searching the nave of the church, looking for the body of the Indian chief, with the idea of impaling his head on a pike and planting it at the entrance of the mission to discourage anyone who might cherish the idea of following his example. He found Chief Gray wolf where he had fallen, barely a pathetic bundle in the puddle of his own blood.
1.

 
ZORRO — ISABEL ALLENDE

With one sweep of his hand the captain jerked off the wolf’s head and with the toe of his boot turned over the body, which seemed much smaller than it had while flourishing a spear. Still blind with rage and panting from the exertion of the battle, de la Vega grabbed the chief by his black hair and lifted his sword to decapitate him with a single stroke, but just before he swung, the Indian opened his eyes and looked at the captain with an unexpected expression of curiosity. Blessed Virgin Mary, he's alive!' exclaimed de la Vega, stepping back.
Even more than the fact that his enemy was still breathing, he was surprised by the beauty of his elongated, caramel-colored, thick-lashed eyes, the limpid eyes of a deer set in a face covered with blood and war paint. De la Vega dropped his sword, knelt, and put his hand beneath the chief’s neck, carefully pulling him up to a sitting position. The deer eyes closed and a long moan escaped the parted lips. The captain looked around and found that they were alone in this part of the church, very near the altar. On an impulse, he lifted the wounded Indian, meaning to throw him over his shoulder, but the chief was much lighter than de la Vega had expected.
2.

 
ZORRO — ISABEL ALLENDE

He carried him in his arms as he would a child, threading his way among sacks of sand and rock, weapons, and the bodies of the dead, which still had not been removed by the missionaries, and stepped outside the church into the light of that autumn day, which he would remember for the rest of his life.
‘He’s alive, Padre,’ he announced, laying the wounded chief on the ground.
‘Too bad, Captain, because we will still have to execute him,’ replied Padre Mendoza, who by now had shirt rolled around his head like a turban to stanch the blood flowing from his lopped-off ear.
Alejandro de la Vega could never explain why instead of seizing the moment to decapitate his enemy, he hurried to look for water and rags to sponge his injuries. Helped by a young female neophyte, he parted the heavy black hair and rinsed the long wound, which began to bleed again at contact with the water. He palpated the skull, verifying that there was an angry wound but that the bone was intact. He had seen worse in war. He took up a curved needle used for making mattresses and a length of horsehair that Padre Mendoza had put to soak in brandy, and stitched up the scalp. Then he washed off the chief’s face, noting the light skin and delicate features.
3.

 
ZORRO — ISABEL ALLENDE

With his dagger he slit the bloody wolf-skin tunic to see whether there were other wounds, and as he did so he grunted with shock.
‘He’s a woman!’ he shouted, horrified.
Padre Mendoza and the others came running up, only to stand and stare, mute with amazement, at the virginal breasts of the warrior.
‘It’s going to be much more difficult to kill him now,’ Padre Mendoza sighed finally.
4.


español

EL ZORRO: COMIENZA SU DESTINO — ISABEL ALLENDE

El Padre Mendoza se arremangó la sotana empapada en sangre y procedió a devolver la normalidad a su Misión, sin darse cuenta que había perdido una oreja y la sangre no era de sus adversarios, sino suya. Sacó la cuenta de sus mínimas pérdidas y elevó al cielo una doble plegaria para dar gracias por el triunfo y pedir perdón por haber perdido de vista la compasión cristiana en el entusiasmo de la pelea. Dos de sus soldados sufrieron heridas menores y uno de los misioneros tenía un brazo traspasado por una flecha. La única muerte a lamentar fue la de una de las muchachas que cargaban las armas, una indiecita de quince años que quedó tendida boca arriba, con el cráneo destrozado por un garrotazo y una expresión de sorpresa en sus grandes ojos sombríos. Mientras el Padre Mendoza organizaba a los suyos para apagar los incendios, atender a los heridos y enterrar a los muertos, el capitán Alejandro de la Vega, con un sable ajeno en la mano, recorría la nave de la iglesia buscando el cadáver del jefe indio, con la idea de ensartar su cabeza en una pica y plantarla a la entrada de la Misión, para desanimar a cualquiera que acariciara la idea de seguir su ejemplo. Lo encontró donde había caído.
1.

 
EL ZORRO: COMIENZA SU DESTINO — ISABEL ALLENDE

Era apenas un bulto patético encharcado en su propia sangre. De un manotazo le arrancó la cabeza de lobo y con la punta del pie volteó el cuerpo, mucho más pequeño de lo que parecía cuando enarbolaba una lanza. El capitán, todavía ciego de rabia y jadeando por el esfuerzo del combate, cogió al jefe por la larga cabellera y levantó el sable para decapitarlo de un solo tajo, pero antes que alcanzara a bajar el brazo, el caído abrió los ojos y lo miró con una inesperada expresión de curiosidad.
“¡Santa Virgen María, está vivo!” exclamó De la Vega, dando un paso atrás.
No lo sorprendió tanto que su enemigo aún respirara, como la belleza de sus ojos color caramelo, alargados, de tupidas pestañas, los ojos diáfanos de un venado en ese rostro cubierto de sangre y pintura de guerra. De la Vega soltó el sable, se arrodilló y le pasó la mano bajo la nuca, incorporándolo con cuidado. Los ojos de venado se cerraron y un gemido largo escapó de su boca. El capitán echó una mirada a su alrededor y comprendió que estaban solos en ese rincón de la iglesia, muy cerca del altar. Obedeciendo a un impulso, levantó al herido con ánimo de echárselo al hombro, pero resultó mucho más liviano de lo esperado.
2.

 
EL ZORRO: COMIENZA SU DESTINO — ISABEL ALLENDE

Lo cargó en brazos como a un niño, sorteó los sacos de arena, las piedras, las armas y los cuerpos de los muertos, que aún no habían sido retirados por los misioneros, y salió de la iglesia a la luz de ese día de otoño, que recordaría por el resto de su vida.
“Está vivo, Padre,” anunció, depositando al herido en el suelo.
“En mala hora, capitán, porque igual tendremos que ajusticiarlo,” replicó el Padre Mendoza, quien ahora llevaba una camisa enrollada en torno a la cabeza, como un turbante, para restañar la sangre de la oreja cortada.
Alejandro de la Vega nunca pudo explicar por qué en vez de aprovechar ese momento para decapitar a su enemigo, partió a buscar agua y unos trapos para lavarlo. Ayudado por una neófita separó la melena negra y enjuagó el largo corte, que en contacto con el agua volvió a sangrar profusamente. Palpó el cráneo con los dedos, verificando que había una herida inflamada, pero el hueso estaba intacto. En la guerra había visto cosas mucho peores. Cogió una de las agujas curvas para hacer colchones y los crines de caballo, que el Padre Mendoza había puesto a remojar en tequila para remendar a los heridos, y cosió el cuero cabelludo. Después lavó el rostro del jefe, comprobando que la piel era clara y las facciones delicadas.
3.

 
EL ZORRO: COMIENZA SU DESTINO — ISABEL ALLENDE

Con su daga rasgó la ensangrentada túnica de piel de lobo para ver si había otras heridas y entonces un grito se le escapó del pecho.
“¡Es una mujer!” exclamó espantado.
El Padre Mendoza y los demás acudieron de prisa y se quedaron contemplando, mudos de asombro, los pechos virginales del guerrero.
"Ahora será mucho más difícil darle muerte…” suspiró al fin el Padre Mendoza.
4.


     
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